domingo, 24 de agosto de 2008

Revista de Libros - Domingo 24 de Agosto

El tiro por la culata

La acción de la novela transcurre un año y medio después del terremoto de 1647, que destruyó Santiago. Estructurada en breves capítulos, en los que priman el diálogo y la sobreabundancia de actores, El inquisidor se lee sin pausa ni respiro.

Camilo Marks


Salvando las proporciones, Gustavo Frías ha hecho algo parecido a lo que Maurice Druon efectuó con su serie ficcional "Los reyes malditos", al modernizar las percepciones en torno a una era que, pese a su lado negro, fue vibrante, agitada, pletórica, contradictoria Frías ha rescatado nuestro propio medioevo, es decir, el período de la Colonia, otorgándole una inédita visión literaria, una fuerza, un brío, que pocos antes que él han logrado insuflarle. Porque desde las lecciones en el colegio hasta los estudios universitarios, o tanto en el nivel popular como en el culto, se da por sentado que el dominio español sobre el territorio chileno fue una prolongada siesta con mistelas, mates y serenos, interrumpida por esporádicos levantamientos indígenas. En la saga "Tres nombres para Catalina", formada por Catrala, La doña del Campofrío y El inquisidor, su última parte, el novelista, en un notable conjunto de relatos históricos, da un mentís rotundo a quienes pensaban de ese modo, despliega un lienzo tornasolado, violento del siglo XVII, y toma como eje central al personaje más conocido de entonces, quizá el más legendario de todos los tiempos en los anales patrios: Catalina de los Ríos y Lisperguer, llamada La Quintrala. Y a diferencia de las hagiografías o los libelos, Frías, en textos bien escritos, con oficio y garra, nos da a conocer a una mujer y unos años plenos de incertidumbre, cuando las luces y las sombras reinaban por igual y las personas, lejos de estar postradas en la quietud y el acatamiento contemplativo, ocupaban sus días en la aventura y el desenfreno.

Es preciso recordar que España no siempre fue lo que vemos en el presente, y que mientras en el resto de Europa la Inquisición se batía en retirada, los Reyes Católicos hicieron resurgir, con renovado ímpetu y malignidad, a esa fatídica institución, sobre todo para ir de cacería tras las violaciones a la fe en el inmenso imperio que construyeron. Si bien la Capitanía General que conformábamos en el punto geográfico más austral del mundo parecía exhibir magras hazañas pecaminosas, los agentes del terror piadoso pudieron descubrir una que otra herejía, alguna nimia desvergüenza que justificara sus desvelos. En uno de estos incidentes, mezcla de realidad e imaginación, se detiene la amenísima trama de El inquisidor.  

La acción transcurre un año y medio después del terremoto de 1647, que destruyó Santiago, y está indisolublemente ligado a la efigie del Cristo de Mayo —o Cristo de la Agonía—, en la Iglesia de las Agustinas, cuya corona se desplazó hacia el cuello, en lo que se consideró un milagro o una advertencia temible, ya que esa representación dista de mostrar misericordia o compasión: es enojo, ira, amenaza del castigo eterno lo que más bien emana de esa feroz mirada. Francisco Alcázar, oriundo de estas tierras pero avecindado en Lima, regresa al poblado nativo para investigar los crímenes contra el dogma católico que, de acuerdo con los rumores que llegaron a sus oídos, eran bastante graves. La verdad es que, después del devastador sismo y las consiguientes calamidades, la gente se había relajado bastante luego de tanto desastre y privación. Los indios, claro, continuaban mostrándose desnudos, copulaban a diestra y siniestra sin que la evangelización hiciera mella en sus nefandos hábitos, y por disposición de las leyes reales, el largo y todopoderoso brazo de los paladines de la religión no podía tocarlos.
Alcázar queda enseguida consternado ante la renaciente Sodoma que visita. Y sin dilación da con dos judíos conversos y un par de brujas, a quienes somete a torturas y expone en el cepo para horror o deleite de los transeúntes que cruzan la Plaza Mayor. Sin embargo, sus metas, dirigidas a coronar su carrera, eran otras: por medio de la delación y el soborno, descubre que las seis damas más encumbradas e influyentes del reino llevan a cabo impúdicas prácticas sexuales. En realidad, la media docena de hermosas mujeres de largos nombres y apellidos solían engañar a sus aburridores esposos o, en el caso de las solteras, fornicar con apuestos varones cada vez que celebraban sus cumpleaños u otras fiestas, descuidando su seguridad personal con la inconsciencia que proporcionan el poder y el dinero. Como a veces ocurre, la acusación de Alcázar se vuelve en su contra y le sale el tiro por la culata. Para su horror, la misma Quintrala, dea ex machina, participa en su caída.

Estructurada en breves capítulos, en los que priman el diálogo y la sobreabundancia excesiva de actores, El inquisidor se lee sin pausa ni respiro. Y también puede verse en la narración el origen de ciertos rasgos criollos negativos que viven y pervivirán gracias a las peculiaridades que nos son propias: la hipocresía, la envidia solapada, la ostentación. No es un logro menor en un texto que se propone, más que nada, entretener. Y vaya que lo consigue.



miércoles, 13 de agosto de 2008

Diario La Nación - 13 de Agosto 2008


LOS PLACERES Y LOS LIBROS

Bajo faldas y sotanas

¿Es esta nueva novela de Gustavo Frías (1939) parte de su trilogía sobre la Quintrala? Parece que no, pero igual sí: en "El inquisidor", subtitulada "Un origen para la leyenda", vemos que -dieciocho meses después del terremoto en que al Cristo de Mayo la corona de espinas le quedó en el cogote de milagro- arriba a Santiago de Chile el extremeño Francisco Alcázar de Romo, inquisidor dominico enviado a vigilar la no pecaminancia en la capital de nuestro país. Corría el año 1648.

"-No me huele bien esta celebración tuya, Antonia -confesó Mariana Álvarez de Garcés de Mancilla, llevándose a la boca la bombilla del mate": La De Mancilla está, tal vez, a punto de mancillar algo mediante el adulterio, pero Juana del Rosario, anfitriona de media docena de mujeres aristócratas, la tranquiliza: "-Tampoco yo haré nada muy pecaminoso hoy. Me toca la luna". La reunión era una de muchas en que entregábanse estas chilenas al comercio febril con caballeros que no eran sus maridos. Presa fácil para el feroz Alcázar.

Todo lo narra Casimiro, coterráneo del inquisidor y capaz de contar incluso lo que no ve: Alcázar, tras la denuncia de la esposa cachuda de un soldado, fisgonea a través de ciertas ventanas. Lo que allí observa lo obliga -madre naturaleza- a automanipularse bajo el hábito. Y es que, al otro lado de la ventana, "la mano de García agarró a la mujer por el cabello de la nuca y la obligó a bajar la cabeza para ( )". Era Antonia, cuya alcurnia mestiza agregaba encantos a su buen ver. Alcázar, furioso su debilidad al excitarse en oculta tercería, pero refrendado en sus sospechas de que el espíritu de la Quintrala pedagogiza libidinosamente a estas damas de la sociedad, procederá a azotarse la espalda con una rama.

Las gozadoras deben ser castigadas por semejante pacto con el Diablo, cavila Alcázar, y procede. Una tal María Becerra, amante a regañadientes del gobernador, trafica con informes útiles al propósito del inquisidor. Los acontecimientos se precipitan. Hacia el final, luego de indulgir a José, un fraile que era su ayudante y que se había enamorado empíricamente de la informante, mujer mitad indígena también, Alcázar verá cómo sus propios compañones penden, ay, de un hilo.

Una tesis horrible subyace en esta narración extensa hecha de breves capítulos: muy pocos sacerdotes católicos resistirían la tentación de la carne viva (la Becerra lo sabía). Agréguese a ello otra: toda dama es susceptible de vulcanizarse. O sea, bajo faldas y sotanas arde Babilonia.

El inquisidor
Novela
Gustavo Frías
Alfaguara, 2008
392 páginas




domingo, 10 de agosto de 2008

Reedición y Nueva Novela

La segunda semana de Agosto estarán en librerías las reediciones de “Tres Nombres para Catalina: Catrala y La Doña de Campofrío”, junto con la nueva novela “El Inquisidor”, teniendo en sus portadas cuadros de la pintora y dibujante Chilena Carmen Aldunate.

El Mercurio - Domingo 10 de agosto de 2008

Precuela Tres nombres para Catalina:
Un comienzo para la Quintrala


Cuando aún falta el último volumen de la trilogía sobre la figura que persigue a Frías, esta semana aparecerá en librerías El inquisidor, la precuela de la saga.
Jennifer Abate

El litoral central chileno revive a principios de agosto. Gustavo Frías, habitante orgulloso del balneario de Las Cruces, no pierde oportunidad de recalcar la excepcionalidad de los aromos que tiene a la vista o sus flores amarillas que se confunden con el sol. Le parece el mejor lugar para la escritura o para su ritmo de vida actual que, asegura, le permite mandarse solo y comer cuando tiene hambre y dormir cuando tiene sueño.

A su trilogía Tres nombres para Catalina (Alfaguara) le falta la última parte. Después de Catrala y La doña de Campofrío, publicadas en 2001 y 2003, respectivamente, vendrá La Quintrala, aún sin fecha de lanzamiento. Con este último volumen, Gustavo Frías concluirá la extensa narración de la leyenda de Catalina de los Ríos, "la Catalina" para él. Sin embargo, sin hacer caso de ese orden autoimpuesto, Gustavo Frías, guionista y director teatral además de escritor, publica ahora El inquisidor (Alfaguara), una precuela de su trilogía, que viene a explicar el contexto social del Chile del siglo XVII y entre cuyas páginas el fantasma de la Quintrala deambula poco sigiloso y se materializa en mujeres gozadoras que no pueden escapar de la mirada atenta de la Inquisición. De hecho, esta novela no calza en la caracterización de los otros volúmenes sólo porque no es Catalina de los Ríos quien cuenta la historia en primera persona.

-Ha sugerido que es la Quintrala quien le 'dicta' "Tres nombres para Catalina". ¿Fue ella misma quien le sopló las líneas de "El Inquisidor"?

-No, más bien las robé. Yo me enteré de esta historia por Mónica Echeverría, quien en uno de sus libros habla de todas estas historias que olvidamos al tiro, de esos episodios que son como bochornosos. Olvidamos nuestro propio origen. Se calcula que unos sesenta millones de indios caribes habitaban el Golfo de México y las islas cercanas. La colonización española fue tan brutal, que a sesenta años de la llegada de Pedro de Valdivia, no quedaba ninguno. Es el peor genocidiode la historia: Hitler es una especie de niño de teta al lado de lo que hicieron los españoles en América, y nadie lo recuerda.

-¿Es diferente escribir con la inspiración en el oído a construir desde la investigación?

-Yo no conozco mucho la inspiración. Conozco, y aquí le estoy copiando a Thomas Mann, la transpiración. Yo trabajo mucho, unas cinco o seis horas diarias. De hecho, en este momento estoy terminando una historia completamente distinta, que describe el período que va desde 1910 hasta 1925, impresionantemente parecido a lo que estamos viviendo hoy. La misma clase política, las mismas mentiras, las cuestiones mal hechas. Es como si no hubiéramos avanzado nada. Lo único que nos cambió es que en esa época
éramos muy dependientes de Inglaterra y ahora lo somos de Norteamérica.

Un país sin identidad



-¿Por qué le interesó desarrollar el género de la novela histórica?

-Nuestra historia dice que Catalina es mala. ¿Y por qué es mala? Porque es perversa. ¿Y por qué es perversa? Porque es mala. No sé si me explico. Nosotros hemos falsificado la
historia y la hemos contado mentirosamente. Yo creo que lo que estoy tratando de mostrar es la falsa identidad que tenemos los chilenos, que nos hemos contado el cuento de que somos los "ingleses de Latinoamérica", que es el equivalente a ser los marcianos de otra parte. Los brasileños saben muy bien qué son, al igual que los argentinos y los mexicanos. Los chilenos no tenemos una identidad propia, porque heredamos la actual de quienes escondieron en el patio a la abuela indígena para decir que eran españoles puros en la época de la Catalina de los Ríos. Antes copiábamos a Inglaterra, después le copiamos a Francia un rato y ahora a Estados Unidos. Y somos una mala copia. No hemos encontrado una identidad original. ¿Socialismo? Eso es una construcción europea. No tiene nada que ver con la mezcla mestiza nuestra. Creo que hay que recuperar nuestra leyenda, lejos de la hipocresía.

-¿Cree que la crítica hacia los años de la Quintrala se extiende conscientemente hacia nuestro presente?

-A veces mi crítica es más hacia el presente que hacia el pasado. Yo creo que sí es intencionada. La clase política tradicional chilena me merece serias, serias dudas. Acabo de leer un documento que recoge una crítica de Vicente Huidobro hacia la sociedad chilena, que es absolutamente sorprendente. Él habla de "un país que apenas a los cien años de vida está viejo y carcomido, lleno de tumores y de supuraciones de cáncer, como un pueblo que hubiera vivido dos mil años y se hubiera desangrado en heroísmos y conquistas. Todos los inconvenientes de un pasado glorioso, ero sin la gloria. No hay derecho para llegar a la decadencia sin haber tenido apogeo". Es exactamente lo mismo que pasa hoy, cuando Huidobro dice que los "políticos chilenos se cotizan como las papas" y caracteriza "una justicia que haría reír si no hiciera llorar".

A contar historias

-¿Le preocupaba que la extensión de sus obras alejara a los lectores?

-No sé, nunca me planteé ese tema. Supongo que para cada autor es diferente. A mí lo que me asombra del escritor contemporáneo es querer siempre ser el protagonista de sus
historias, que es una crítica que yo insinúo al no poner mi foto en la contraportada de El Inquisidor. Opino que ya hay demasiados rostros.

-¿Qué rol de los que ha cumplido le acomoda más?

-Yo creo que más que un personaje de televisión, que lo fui alguna vez; más que un director de teatro, que también lo fui, soy una especie de cuentacuentos. A mí me encanta contar historias y recordarlas. Yo sé que en este momento el gran tema es el producto audiovisual, y que la literatura como tal se está acomodando rápidamente al cine y no hay de otra. Pero yo me crié leyendo, entonces me viene solo esto de escribir. Por eso no me he querido meter mucho en las producciones de cine, y eso que siendo director de teatro hubiera sido el camino lógico. Es fascinante contar cuentos. Ahí te das cuenta de que estamos todo el tiempo inventando la historia, inventando nuestra propia vida: no recordamos todo lo que debemos recordar, acomodamos las cosas a nuestro parecer, y vamos contando cuentos al igual que los países se cuentan sus propias historias.

-En ese sentido, ¿cuál es su apuesta narrativa al momento de crear historias?

-Juan Francisco González, en sus cuadros, no tiene centro focal. Lo ve todo al mismo tiempo, sin un centro determinado, de modo que el espectador, o lo ve como está pintando González, o se inventa su propio centro focal. Es lo mismo que yo digo: se trata de ver al indio que somos al mismo tiempo que el español que también somos.

Nosotros deberíamos celebrar el año nuevo cuando lo hacen los mapuches, que es lo que nos corresponde astronómicamente. Deberíamos celebrar la muerte del año a fines de junio, que es cuando le afecta al hemisferio sur, cuando todo se muere. Pero en vez de eso, lo celebramos en pleno verano, cuando la fruta está creciendo. Conmemoramos la muerte del año cuando todo está floreciendo y le tenemos que poner motitas de algodón al árbol de pascua porque se supone que debe estar nevado. Nos hemos convertido en algo que no somos, mucho más que otros pueblos latinoamericanos.

-¿Para cuándo podríamos esperar el último volumen de la saga de la Quintrala?

-No pienso apurarme. Si yo decidí ponerme a escribir, fue para dejar una obra, no esa cuestión de ganar plata para construir un piso más en mi casa. No es ese mi afán.

El inquisidor
Gustavo Frías
Alfaguara, Santiago, 2008,
392 páginas.
Novela

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martes, 29 de julio de 2008

LA TERCERA Martes 29 de julio de 2008

Frías publica tercer volumen de su saga sobre La Quintrala

Anteriores tomos; Catrala y La doña de Campofrío conforman la saga que se completará en 2010 con La Quintrala.

Un aperitivo. Así se podría calificar la nueva novela del escritor Gustavo Frías. En dos semanas más, el guionista del filme Julio comienza en julio lanzará por editorial Alfaguara El inquisidor, tercer volumen de su saga Tres nombres para Catalina, sobre el mítico personaje de la Quintrala. Catrála (2001) y La doña de Campofrío (2003), novelas en las que Frías narró la infancia y adolescencia de la famosa terrateniente con sangre indígena, acaban de ser reeditados.

En El inquisidor. Frías hace un alto en la historia de la Quintrala para contar las aventuras de Francisco Alcázar de Romo, comisionado que capturó a seis mujeres de la alta aristocracia chilena para probar sus brujerías y pactos con el demonio. "En La doña de Campofrío este personaje se las traía y decidí hacer una historia independiente, pero que comparte personajes con mis anteriores libros", explica el escritor.

La novela se adelanta incluso al último tomo de la saga, La Quintrala, que se mete de lleno en su carrera criminal y que será publicado en 2010. "En El inquisidor, Alcázar vuelve a Chile para vengarse de la Quintrala. Es él quien la mete a la cárcel", cuenta Frías.

Apasionada y terrible, Catalina de los Ríos cargó con la leyenda de matar amantes, golpear sirvientes y pactar con el diablo. "La Quintrala era muy sensual, algo que para los católicos era un pecado tremendo y que los llevó a pensar que ella era el demonio en persona", afirma el autor.


lunes, 30 de junio de 2008

El Inquisidor. Nueva Novela.

De la mano del Imperio español,
la Inquisición desembarcó en América.



Cuando el reino de Chile aún sufría las paralizantes consecuencias del Terremoto del Cristo de Mayo, regresó como Inquisidor Comisionado Visitante el extremeño Francisco Alcázar de Romo. Encontró lo de siempre: brujos de pacotilla y judíos herejes, o por lo menos circuncidados, sobre quienes hacer recaer el castigo ejemplificador. Sin embargo, creyó obtener el mayor logro de su vida cuando supo que media docena de damas, entre las más ricas e influyentes, practicaban pecaminosos ritos sexuales, más propios de indios que de buenos cristianos.

Si bien El inquisidor es una novela independiente, podría ser parte de la saga Tres nombres para Catalina, que incluye Catrala y La doña de Campofrío. A diferencia de las otras dos obras donde Catalina de los Ríos y Lisperguer es la protagonista, en El inquisidor la Quintrala es una poderosa sombra entre bastidores, una presencia que lo domina todo y que aun en vida es una leyenda en el reino.

Novela en imprenta, muy pronto a editarse

martes, 10 de junio de 2008

Tres Nombres para Catalina


Chile colonial a mediados del siglo XVII.
Catalina de los Ríos. Esteban de Britto.
Una pasión que cambiará el destino de un pueblo.

El nuevo gobernador de Santiago es recibido en la Plaza de Armas. El escenario es como la vida misma: abajo los indios o mestizos; en los balcones los poderosos europeos. Dos mundos tan opuestos como distintos son un círculo de una cruz. Solo Catalina parece saber cómo transformar tanta diversidad en un verdadero reino.

Ni su irascible padre ni el temido espionaje del Santo Oficio pueden con una muchacha que, por la unión de sangre indígena y herencias europeas, no conoce límites ni respeto por las leyes de este mundo o las del otro.



"Tres Nombres para Catalina: Catrala", "Tres Nombres para Catalina: La doña de Campofrío", una trilogía que continuará con "Tres Nombres para Catalina: Quintrala", tiene como eje central la figura de Catalina de los Ríos y Lisperguer, la mujer más misteriosa, apasionante y temible de nuestra historia.


Catálaogo en:

http://www.santillana.cl/alfaguara/

sábado, 22 de diciembre de 2007

"TRES NOMBRES PARA CATALINA: CATRALA", MEJOR OBRA LITERARIA EDITADA 2002 CATEGORIA NOVELA

PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA
PREMIÓ A GANADORES DEL CONCURSO
MEJORES OBRAS LITERARIAS EDITADAS 2002

En el acto central de celebración del día Mundial del Libro y del Derecho de Autor realizado en la futura Biblioteca de Santiago, el Presidente de la República entregó el Premio Mejores Obras Literarias, categoría editada, a cuatro destacados escritores nacionales.

Participaron, también, en esta ceremonia la Ministra de Educación, Mariana Aylwin, la Presidenta del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, Ana María Larraín, la Directora de Bibliotecas, Archivos y Museos, Clara Budnik, los miembros del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, autoridades y gran cantidad de destacados escritores nacionales.

El jurado de novela, integrado por las señoras Ana Pizarro y Ana María del Río y los señores Oscar Bustamante, Nelson Osorio y Hernán Rivera Letelier, otorgaron, por mayoría de votos, el Premio Consejo Nacional del Libro y la Lectura a la obra "Tres nombres para Catalina: Catrala" del autor Gustavo Frías, de Editorial Alfaguara.

Se consideró que la novela de Gustavo Frías, incorporando como referente temático el mundo chileno del siglo XVII y la figura de Catalina de los Ríos y Lisperguer, La Quintrala, “construye un mundo en el que se ilustra el conflicto de una mujer en un medio hostil, autoritario e hipócrita. Más que por la adecuada recreación del marco histórico y temporal, la obra trasciende por la validez actual del conflicto humano que en ella se presenta”.

viernes, 21 de diciembre de 2007

PRONTO...

miércoles, 29 de octubre de 2003

La Quintrala: Un retrato de la chilenidad

En su saga \'Tres Nombres para Catalina\', Gustavo Frías refleja "este mundo bipolar, que besa el aire para adorar a Dios, pero también se hinca, se santigüa y se golpea el pecho. Esa especie de verdad oculta que mantiene siempre este país, en que no nos atrevemos a reconocer lo que somos.

Por Vivian Lavín
Publicado el 10 Oct 2003
(adaptación Paulette Dougnac)

Gustavo Frías es especialmente conocido por su labor en el cine, donde ha sido guionista de películas tan exitosas como Julio Comienza en Julio, Caluga o Menta y Amnesia. Sin embargo, encontró una importante veta como novelista y ha escrito una enorme cantidad de páginas sobre un personaje que, a pesar de haber sido tratado anteriormente por otros autores, parece tener una fuerza inagotable. Si bien hay quienes han escrito acerca de la Quintrala a través del rigor histórico, Gustavo Frías usa un recurso poco común en la literatura chilena: se basa en un personaje real para construir un libro de ficción.

La Doña de Campo Frío, novela pronta a publicarse, forma parte de la saga Tres Nombres para Catalina, de Frías. La obra se inspira en la vida de Catalina de los Ríos y Lisperguer, La Quintrala. El primer libro de la serie, Catrala, ganó el premio del Consejo Nacional del Libro a la mejor novela del año en 2002. Su sucesora, La Doña de Campo Frío, abre el camino para una tercera parte, que ese espera para el 2004 y que se titulará Quintrala.

- ¿De qué se trata esta segunda novela dedicada a la Quintrala?-

Se trata de acontecimientos que históricamente deben haber ocurrido, porque Catalina de Los Ríos y Lisperguer existió, y se casó con don Alonso de Campo Frío. Pero toda la fábula de por medio, por supuesto es en gran parte inventada.

- ¿Por qué señala que la historia de la Quintrala puede considerarse una leyenda fundacional?-

Básicamente por su permanencia. La leyenda fundacional tiene varias características, una de ellas es que trata no sólo de los conflictos entre seres humanos, sino también de las relaciones entre las sociedades y sus dioses. Catalina debe haber tenido una relación muy particular con dos conceptos de Dios, el que trataban de imponer los católicos y el que había heredado de la tribu indígena a la cual pertenecía, los Aconcagua. Para toda la descripción de esa tribu, que aparece en la primera parte de La Doña de Campo Frío, no tenemos absolutamente ningún antecedente, porque esa cultura desapareció debajo de los españoles.

- ¿En qué se basó usted para construir este relato sobre la Quintrala?-

Antecedentes históricos tengo poquísimos, tan pocos que hasta se logran deduciendo acerca de la existencia de Catalina de los Ríos, ya que la historia habla muy poco de ella. Sí se habla de la familia Lisperguer, que fue sumamente importante durante la colonia, y en especial de la abuela de Catalina, doña Águeda Flores, que era alemana mezclada con indio Aconcagua. De ahí me permití deducir que este personaje mestizo de doña Catalina de Los Ríos debía tener muy próximos a sus dioses indígenas, de modo que tiene una búsqueda doble de Dios: por un lado el Dios católico, y por otro lado el Dios indígena.

- El personaje de la Quintrala ha sido bastante asediado en la literatura chilena. Sobre ella han escrito autores como Benjamín Vicuña Mackenna, Magdalena Petit y Mercedes Valdivieso, entre otros. ¿Por qué se decidió usted a escribir una novela sobre ella?-

Esta idea nació de la propuesta que me hizo una antigua actriz chilena de la época de Chile Films, que tiene una empresa productora de cine en Estados Unidos. Ella quería hacer una película basándose en el personaje de la Quintrala y por eso acudió a mi, para que hiciera un guión de cine. Cuando me puse a investigar sobre esto descubrí que detrás de la supuesta historia de Catalina de los Ríos - porque históricamente es muy poco lo que se sabe de ella - había una descripción impresionante del país, con todos sus méritos y desméritos. Nuestra falta de identidad, nuestra hipocresía, la manera en cómo ocultamos nuestro pasado permanentemente, todas esas cosas estaban presentes en la historia de ese tiempo, cuando estaba creándose nuestra nacionalidad. Entonces encontré que era casi un paradigma, más que un tema. Y al comenzar a escribir no me salía un guión cinematográfico, lo que me salía era una novela, que primero fue una, luego tres, y actualmente ya son cinco novelas, porque curiosamente el tema se extiende de manera impresionante y casi a pesar mío.

- Numerosos críticos han señalado que \'Tres Nombres para Catalina\' deja al descubierto las raíces de la chilenidad. ¿Qué le parece este comentario?-

Yo creo que así es, ya que penetra en nuestras raíces históricas. La Doña de Campo Frío es una novela mucho más larga que la primera, tiene 700 páginas, y es inevitable nuestra identificación con el mundo allí descrito. Este mundo bipolar, que, por una parte besa el aire para adorar a Dios y, por otro se hinca, se santigüa y se golpea el pecho. Este mundo de dos formas todo el tiempo, esa especie de verdad oculta que mantiene siempre este país, en que no nos atrevemos a reconocer lo que somos.

martes, 25 de septiembre de 2001

Orígenes. Una Visión Novecentista

Extraído de Los Lisperguer y la Quintrala. Episodio histórico-social
Escrito por don Benjamín Vicuña Mackenna.
Santiago de Chile, Enero 15 de 1877.

"Entre las tradiciones y leyendas de pasados siglos que ha conservado indelebles la memoria de las generaciones, existe una, sombría, terrible, espantosa todavía, y digna por lo mismo de ser investigada y de ser sacada a luz.

"Esa tradición es la de la siniestra Quintrala, la azotadora de esclavos, la envenenadora de su padre, la opulenta e irresponsable Mesalina, cuyos amantes pasaban del lecho de lascivia a sótanos de muerte, la que volvió la espalda e hizo enclavar los ojos al Señor de Mayo, la Lucrecia Borgia y la Margarita de Borgoña de la era colonial, en una palabra.

"Esa tradición existe viva, manando sangre todavía.

"Pero no se sabe más de esa tradición que lo conservado en su nebulosa memoria: azotes, voluptuosidades sangrientas, sacrilegios, orgullo, impunidad, y por último la imagen de aquella reo del infierno suspendida a su puerta por un cabello, que es el resumen popular de la leyenda de la Quintrala, tal cual se contaba hace treinta años en la cuna temblorosa de los niños.

"Eso es todo.

"Más allá comienza la duda, la oscuridad, la ponderación, el horror.

"¿Quién era en efecto esa mujer? ¿Existió en realidad en nuestro suelo, o es un mito extranjero, transportado a Chile, de los cuentos de brujos que componían la antigua biblioteca de la niñez y de la plebe? ¿En qué siglo vivió? ¿De dónde procedía? ¿Cuáles fueron sus mayores crímenes? ¿Quienes sus víctimas más señaladas? ¿Cómo vivió, en fin, en nuestras ciudades, acaudalada o menesterosa, aristócrata o pechera, esposa o arpía? ¿Y cómo desapareció al fin de la escena de sus delitos y de su poderío social casi sin límites?

"He aquí lo que parecería hoy imposible desenterrar de la bóveda de las tumbas, del fondo de carcomidos protocolos, de las arcas en fin en que las patricias familias de Santiago suelen guardar junto con sus tesoros, los documentos preciosos con que será dable reconstruir alguna vez la vida social de nuestro pueblo.



"Pero nada está reservado bajo del sol a la buena voluntad y a la labor. Y por ésto creemos presentar hoy una investigación no sólo completa sino documentada de la vida, hechos, crímenes y costumbres de la famosa doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, una de las más encumbradas damas de la aristocracia de Santiago en el siglo XVII, y cuyo parentesco, cercano o remoto, no podría hoy repudiar ninguna casa solariega del Mapocho, sin incurrir en la terrible sentencia que sobre el particular lanzó el más famoso de nuestros genealogistas cuando dijo: "En Santiago, el que no es Lisperguer es mulato".


"No queremos hacer cuenta abultada del trabajo que esta empresa ha podido costarnos. Bastará decir, que ni uno solo de los cronistas e historiadores, tanto antiguos como modernos, ha mencionado siquiera el nombre de esta mujer, que desde hoy pasará a ocupar un sitio preferente entre los más notorios y abominables delincuentes de cualquier país del mundo, pero cuyas riquezas y levantada alcurnia han parecido hasta aquí suficiente amparo para su memoria en esta tierra olvidadiza y sin escuela social, de los ¿quién sabe?, de las indulgencias sencillas o plenarias y de los cobardes pero seculares egoísmos que se llaman todavía "compromisos".

"Acostumbrados nosotros a afrontar las pasiones y las iras de los vivos, no nos ha parecido empresa de romanos penetrar en los sótanos, en que bajo la mortaja de San Agustín, duermen todavía, en la iglesia que fundaron, aquellos memorables Lisperguer, abolengos forzosos de esta gran ciudad, de sangre azul, amortajada en su orgullo, pero no en su virtud.

"Y así como sin pasión ni propósito de secta iremos vengando el pasado, depurándolo, así correrá la pluma feliz y casi ufana al trazar las páginas honrosas de esa extraña raza, generatriz de la nuestra, que produjo a la vez héroes y monstruos, ángeles y arpías. Porque desde ahora mismo anticipamos que el ilustre Juan Rudulfo Lisperguer, el héroe y mártir de Boroa, era tío de doña Catalina, y fue sobrina suya otra noble dama que llevó su nombre y que mereció ser llamada "la Santa Rosa de Chile", doña Catalina de Amaza y Lisperguer.

"Por otra parte el presente estudio no será solo un episodio aislado, un rasgo biográfico de la era colonial: es un cuadro más o menos imperfecto y mal bosquejado, pero fiel y curioso de esa misma era. No es, por dicha, doña Catalina de los Ríos un tipo en la vida tenebrosa de nuestros mayores, pero sí en los accidentes que rodearon su cuna. En su educación, en su vida encomendera y cortesana, tiene de seguro algo que aprender el historiador y un poco que meditar con provecho y enseñanza el filósofo social.

"Es cosa, en verdad, generalizada y vulgar en nuestra afamada sociedad moderna, la creencia de que la ya olvidada, antes de ser conocida, existencia de nuestros antepasados, fue como un letargo y una mortaja, el sueño, el llanto y el silencio de tres siglos, vida de penas, de inercia, de dolores mudos y prolongados, perdida entre plegarias y disciplinas, cual si nuestro lóbrego pasado hubiese sido solo un purgatorio y sus pobladores ánimas en pena.

"Pero apenas toca el estudio esa vara yerta y monótona, cae al suelo su sudario, y aparecen por la grietas de la losa las vislumbres de apariciones que poco a poco cobran vida, y forman al fin el extraño y sombrío conjunto de una sociedad que ha sido sepultada con pasiones, virtudes, heroísmos y crímenes iguales a los nuestros y aún mayores.

"Es ésto lo que nos proponemos demostrar en esta página, contando con llaneza la historia de la más famosa, más ilustre, más emparentada y a la vez más extraña y siniestra familia que haya vivido en este pueblo de familias. Aludimos a aquellos renombrados Lisperguer que ocuparon con su poder, su opulencia, su belleza, su heroísmo y sus horrores un siglo entero de nuestra colonia, que se desvanecieron y dispersaron en la decadencia durante otro siglo, y de quienes el conocido rey de armas de Santiago y triunviro de la revolución, decía como sentencia de su cabalística ciencia que habían distribuido su sangre en todas las castas nobles de Chile ni más ni menos como nuestros caudalosos y azulados ríos reparten sus aguas en canales, acequias y regadores. Las familias que no tienen sangre de los Lisperguer, son familias de rulo.

"Nosotros, sin embargo, no vamos a estudiar ni a contar la vida de aquella aristocrática raza, mitad alemana, mitad indígena, a la luz de los blasones, sino de la filosofía social e histórica que sus cruzamientos domésticos y su influencia política marca, porque la leyenda de esa familia es la vida verdadera de la colonia y de su siglo.

"¡Y qué siglo! El siglo de la gran rebelión; el siglo del gran terremoto; el siglo de los duelos sangrientos en la plaza pública por feudos domésticos; el siglo de los claustros con sus riñas y sus milagros, sus escándalos y sus santos; el siglo en fin, del crimen feudal, místico e impune, que personificó en su ser aquella memorable Quintrala, suspendida todavía a las puertas del eterno castigo y cuyos días, tan oscuros como sus delitos, vamos hoy a contar por primera vez a los chilenos y especialmente a los santiaguinos, con la austera verdad de los archivos.

"Para dar camino a ese propósito y marcar las diferentes fases de la existencia de esta raza ya extinguida dividiremos nuestro relato en diferentes cuadros, pero vaciados todos sobre un solo lienzo. De esta suerte, sin fatiga para el lector, se desenvolverá a su vista un dilatado panorama, a veces fantástico, a veces horrible, pero siempre verdadero.

"Que no sea por tanto la curiosidad satisfecha del lector el único galardón de esta tarea, pues en mucho mayor estima tenemos el que la gente estudiosa comience al fin a preocuparse del pasado, a fin de darse cuenta cabal de cómo hemos llegado a ser lo que hoy somos, y tal cual somos, con nuestras pocas virtudes, y seguidos por cohorte numerosa, más no incurable, de imperfecciones sociales y políticas.




"Mas, no deseando anticipar dato alguno de importancia a su educación oportuna en el breve relato histórico que emprenderemos, nos limitaremos a señalar aquí ligeramente las principales fuentes de que hemos derivado nuestra composición, porque esta nomenclatura nos permitirá dos cosas de utilidad y cortesía a un propio tiempo.

"En la primera, agradecer la bondad y franqueza de las personas amigas que sin reserva alguna nos han franqueado sus papeles de familia.

"Es la segunda, la de dejar señalados en la portada de esta relación los documentos principales a que en el curso de su desarrollo haremos referencia.

"Los orígenes de esta relación completamente justificada hasta en sus más ligeros detalles, son en consecuencia los siguientes:

I El archivo general, donde entre millares de mamotretos ha sido posible descubrir algún documento precioso, tal como el testamento auténtico de doña Catalina de los Ríos y otros.

II El archivo de la curia eclesiástica, en cuyos armarios existen no menos de seis testamentos de los doce que otorgó de la familia Lisperguer.

III La Historia de Chile (inédita), escrita por el padre Diego de Rosales, en la que se registran algunos servicios públicos de los primitivos Lisperguer.

IV La Breve noticia de la vida y virtudes de la señora doña Catalina de Amaza y Lisperguer, por el canónigo Bermúdez, obra rara, impresa en Lima en 1821. Obsequio del señor Mauricio Cristi.


V Papeles de la familia Cerda, actual poseedora del vínculo de las haciendas que fueron de doña Catalina de los Ríos en el valle de La Ligua y que debemos a nuestro amigo José Nicolás de la Cerda.


VI Papeles de la familia Hurtado de Mendoza, de cuyo exámen somos deudores a la cortesía de señor José Nicolás Hurtado.


VII Papeles de la familia Cortés y Azúa que debemos al comedimiento de su último representante, el señor Escipión Cortés.


VIII Papeles de la familia Recabarren en posesión del señor Don Diego Echeverria y Recabarren.


IX Papeles diversos en posesión del señor Don Francisco de Paula y Figueroa, especialmente sobre la familia Flores Lisperguer.


X Papeles diversos, en posesión del señor Luis Montt, especialmente sobre la cacica doña Elvira de Talagante, fundadora de aquella familia.


XI Papeles inéditos del obispo Salcedo, en posesión del señor don Crecente Errázuriz.


XII Correspondencia inédita del gobernador de Chile, don Alonso de Rivera con el rey de España, extraída del Archivo de Indias.


XIII Colecciones varias de documentos inéditos que existen en nuestro poder.


Nuestras citas del texto, se referirán, por tanto, a estos orígenes a menos que señalemos una fuente especial y distinta, lo que tendremos cuidado de anotar en el lugar oportuno".

sábado, 25 de agosto de 2001

La Nación - 2001

"Lo tiene todo calculado, pues nada se le escapa aunque parezca descuidado. Es que Gustavo Frías es un creador asistémico, marginado de los cánones tradicionales que rigen la profesión de autor literario [...] hombre inquieto y eléctrico, posee dos dínamos en el cuerpo: uno en el cerebro, porque calcula medidamente sus pensamientos y otro en el corazón, pues la pasión que irradia cuando habla de Catalina de los Ríos y Lisperguer, la Quintrala, es capaz de entusiasmar a una piedra".

Willy Haltenhoff, La Nación

Introducción

"Toda novela es histórica", asegura Saramago. De acuerdo. Pero Tres nombres para Catalina no es propiamente una novela histórica. Su narración dramática utiliza acontecimientos producidos a lo largo de unos 65 años de historia, que resume en solo uno. Éste podría quizás ubicarse entre 1614 y 1629.

Tres nombres para Catalina es un cuento de esos que se forman en la imaginación de uno, cuando va juntando desordenadamente en la memoria, antecedentes a lo largo de muchos años de escuchar y leer, de vivir y recordar, porque finalmente, como afirma Jaime Bolaño "el compromiso del escritor es con la literatura, no con la historia".

Si alguien pidiera una definición, esta novela es, como dice Enrique Vilas-Matas, un circuito abierto de memorias robadas; o, como pretende Jorge Edwards, un intento para "salir del propio yo y construir mundos novelescos objetivos, variados, completos, que puedan levantarse frente a la realidad real como realidades ficticias totales, elaboradas con intención totalizadora".

Quién lea cualquiera de los tomos que constituyen la saga Tres nombres para Catalina, sea Catrala, La doña de Campofrío o Quintrala, descubrirá una preocupación constante por la citación culta y/o la lectura polémica. Ello se debe a la conciencia de la dimensión narrativa de toda escritura que se supone histórica y propone un desafío a los que rechazan la posición reconstructiva. Es cierto que nadie puede reconstruir el pasado que fue tal como fue, porque todos carecemos de objetividad frente al pasado. Pero hay una forma propuesta por Roger Chartier, pasado compuesto, que se usa para designar que hubo un pasado, hubo una realidad, hubo gente que actuó en ese pasado, y nosotros nos enfrentamos a la necesidad de componer ese pasado, construyéndolo.

La necesidad socio-cultural de presentar una saga como ésta, la expresa perfectamente Claude Lévi-Strauss al asegurar que "en las sociedades occidentales, sigue habiendo un campo que tiene aproximadamente el mismo valor que el del mito en las sociedades arcaicas: la Historia. El modo de percibirla y comentarla nos permite todavía recrear el pasado, comprender el presente y conformar el futuro". Porque, dígame usted, ¿quién es más real para nosotros, en la actualidad, el conde duque de Olivares o Sancho Panza? ¿Cervantes o el Quijote? La obra que ponemos en manos del lector es un verdadero cuento de la historia.

¿Y por qué escoger los albores del siglo XVII, primer período colonial, para el desarrollo de esta saga? Una buena razón fue la atracción que, hasta el día de hoy, ejerce su protagonista, doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, la Quintrala, pero no fue menor el hecho de que en ese mismo momento se estén creando las constantes culturales de una nueva sociedad, las huellas digitales de una nueva identidad. Jorge Gissi Bustos interpreta y cita algunos conceptos desarrollados por Octavio Paz: Hispanoamérica, afirma el mexicano, comienza con rupturas y negaciones donde la soledad es semantizada como desarraigo y orfandad. El pasado míticamente anterior al desarraigo se absolutiza, es el ‘todo’. Las capas históricas indígenas, españolas, africanas, europeas, mestizas, se superponen y se mezclan sin armonía. No hay síntesis ni encuentros, sino dominaciones sucesivas que complejizan y oscurecen el desarraigo y a los desarraigados.

Los mexicanos, dice Paz, buscan su filiación, su origen. Ésto es, quieren reencontrar su identidad y/o su felicidad en el pasado. El mito del desarraigo de un pasado ideal crea nostalgia, un bloqueo del futuro y el sentimiento de impotencia ante el presente. Pero este mito no funciona igual en toda América Latina. Hay países, como Chile, que niegan su pasado, no lo idealizan y se hacen vulnerables entonces a la ideologización del futuro. Tres nombres para Catalina intenta recuperar la época en la que el diálogo cultural se convierte en la hipocresía nacional. La historia pasada está presente, también en sus conflictos.

En este punto debo hacerme eco de las palabras de Valerio Massimo Manfredi: "He puesto en la novela todo lo que aprendí como estudioso profesional. La parte creativa reinventa la atmósfera, el aroma, las relaciones personales, los diálogos. Ningún ensayo científico contiene tanta información como esta novela, construída como un diorama, un holograma, una imagen multidimensional. No me refiero solo a los personajes y los acontecimientos, sino al mundo: el paisaje, el clima, los animales, los objetos de uso cotidiano, las armas, los vestidos, las comidas y los perfumes, la literatura y el arte, la música y las canciones infantiles, los proverbios y juegos de salón, el sexo y la ciencia, la técnica y la religión. Así, espero que el lector tenga la posibilidad de convivir con los personajes en el espacio virtual de la narración".

Solo que para el lector de esta saga el espacio virtual de la narrativa resultará bien real en la geografía. El santiaguino irá encontrando hitos, esquinas, objetos, mojones y costumbres conocidos en la ciudad actual. Simultáneamente y del mismo modo, el lector irá encontrando figuras literarias reconocidas como frase histórica o cita de alcurnia. Lo mismo ocurrirá con alguna de las líneas narrativas menores, basadas en autores, petites historias de alcoba, anécdotas y mitologías indígenas o europeas.

Al respecto recuerdo una frase de Joe Dante citada por Alberto Fuguet: "En el cine, como en todo arte, nada es gratuito y cada secuencia de una cinta es el producto de miles de películas anteriores". Lo mismo puedo decir de Tres nombres para Catalina, hasta el punto que en algún momento de su redacción llegué a pensar en la apropiación instantánea o, mejor aún, esa extraordinaria forma de creación clásica, el clásico centón, un remiendo de escrituras de distintos orígenes, actualizado por el cut and fold de Byron Gysin, fomentado por las estéticas del collage y las facilidades del cut and paste de este software que estoy usando. Finalmente, si Homero es el único verdaderamente original, creo que ello se debe solo a que desconocemos a los autores anteriores. Le agradezco explícitamente en estas páginas a algunos autores que tengo conciencia de haber saqueado para la trabazón de ‘esta novela.

Así, homo perversio que medra en la reclusión, mulier idem, dejo encargados a su lectura las páginas impresas de este ciclo de memorias refundidas, donde no importa si el recuerdo proviene de la leyenda, de la invención o de la historia. El solo hecho de recordarlo quiere decir que forma parte del acervo mental con que identificamos ese hecho y de pasada, nos identificamos a nosotros mismos.


Gustavo Frías

Las Cruces, 2001